7.02.2011

No sé  en que recoveco del camino me encontraste, ni con que ojos de asombro te miré, ni que milagro de que santo te inventé en las manos pero en el arenal brotó una fuente y al lado de la fuente creció una planta y la plata dio una rosa. Yo corté la rosa y su olor perfumo el mundo. ¿Pero cuanto duro? No lo pensé al cortarla.
Tal vez erróneamente creí que las rosas duraban para siempre, le inventé eternos pétalos y me la ofrecí a mi misma con candor de chiquilla, vos sabías sin embargo, cuantos duran las rosas sólo que no dijiste. No, yo no te pregunte, no tenías una obligación de decirlo.
No juraste, no hiciste promesas, no me ofreciste nada, viviste con esplendor y con belleza un amor pequeñito.
Y ese esplendor me hizo pensar en siempre.
Y esa belleza me pareció sinónimo de eternidad, de profundidad.
Y ese amor pequeñito me pareció gigante.


Fue un amor muy pequeño, y un olvido porfiado.
Fue un amor de juguete y un llanto desbordado.
Fue un amor pasajero en un tren detenido.
Fue un amor como un globo perdido en un plaza.
Eso, en la realidad. Pero cuando lo extraño, se convierte en un amor-alud, un amor-viento que va encendiendo rosas en los campos, en un amor-río que deja peces de oro en sus margenes, en un amor-verano que hace dulces frutas.